miércoles, 15 de abril de 2015

Crónica de un duro día

Tras tanto tiempo esperando por volver a correr;  que mejor lugar que mi pequeño paraíso, esa isla que tanto recorría por sus senderos cuando era pequeño.


Los días previos a la prueba era una balanza que nunca estaba quieta, había días que estaba rozando las nubes y otros por el contrario que una pelota ocupaba mi estómago. 

Por fin llego el 12 de abril, mucho sacrificio, mucho tiempo invertido en entrenamientos y muchas noches soñando con ese momento. Temprano me calcé mis zapatillas y pisé con fuerza “el jable” Graciosero. El clima mostraba lo que iba ser un día espectacular, pero lo que yo y nadie sospechaba era lo que pasaría.
Me dirigí a la salida con mucha ilusión, mi familia, mis paisanos y mis amigos me deseaban mucha suerte, era como lo había soñado, los minutos iban pasando, estaba un poco más nervioso de lo normal, mucho tiempo sin competir; intentaba concentrarme, aislándome del mogollón. Nos estaban llamando a la cámara de llamada, para allí me dirigí, salíamos de veinte en veinte, había llegado la hora que tanto ansiaba.
Sonó el disparo y con fuerza empecé la batalla. Los primeros kilómetros de la prueba me sentía como volando entre las nubes pero algo pasó que de repente bajé al infierno. No sabía si parar y dejarlo todo, o seguir adelante por toda esa gente que apoyaba y daba fuerza. Y de repente apareció ese “Angel” desde el Cielo que me empujó a seguir hacia la meta, fueron kilómetros de auténtica angustia, querer y no poder, lágrimas por el camino,me sentía defraudado de no ser quien siempre fui, era como si alguien ocupara mi cuerpo y no me dejaba avanzar.
Corría sobre los senderos de arena, la prueba se me estaba haciendo demasiada larga, parecía que los kilómetros no pasaban, al horizonte se veía el pueblo, luché por llegar y no abandonar, sacaba fuerza de flaqueza.


Al fin, llegué a meta, mareado, sin fuerzas, agotado, desilusionado, pero había cumplido con el propósito, llegar, ese fue mi gran triunfo.

Mi Padre, fue enseguida a abrazarme, él me conoce mejor que nadie y sabía que algo no iba bien.
Aprovecho para felicitarlo por la magnífica prueba que realizó, es grande, me siento orgulloso de él.


Sentado en una silla me iba recuperando,  me sentía arropado, mi familia, amigos, mi gente estaba allí, ellos nunca fallan.

Gracias a todos por esas palabras de afecto, esos ánimos antes de la prueba, pero sobre todo después de ella, no había cumplido con las expectativas de mis paisanos, pero aun así ellos, siguen creyendo en mí. Eso me da fuerzas para seguir adelante, levantarme y seguir creyendo en mi.

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