Tras tanto tiempo
esperando por volver a correr; que mejor
lugar que mi pequeño paraíso, esa isla que tanto recorría por sus senderos
cuando era pequeño.
Los días previos a la
prueba era una balanza que nunca estaba quieta, había días que estaba rozando
las nubes y otros por el contrario que una pelota ocupaba mi estómago.
Por fin llego el 12 de
abril, mucho sacrificio, mucho tiempo invertido en entrenamientos y muchas
noches soñando con ese momento. Temprano me calcé mis zapatillas y pisé con
fuerza “el jable” Graciosero. El clima mostraba lo que iba ser un día
espectacular, pero lo que yo y nadie sospechaba era lo que pasaría.
Me dirigí a la salida
con mucha ilusión, mi familia, mis paisanos y mis amigos me deseaban mucha suerte,
era como lo había soñado, los minutos iban pasando, estaba un poco más nervioso
de lo normal, mucho tiempo sin competir; intentaba concentrarme, aislándome del
mogollón. Nos estaban llamando a la cámara de llamada, para allí me dirigí,
salíamos de veinte en veinte, había llegado la hora que tanto ansiaba.
Corría sobre los
senderos de arena, la prueba se me estaba haciendo demasiada larga, parecía que
los kilómetros no pasaban, al horizonte se veía el pueblo, luché por llegar y
no abandonar, sacaba fuerza de flaqueza.
Al fin, llegué a meta,
mareado, sin fuerzas, agotado, desilusionado, pero había cumplido con el
propósito, llegar, ese fue mi gran triunfo.
Mi Padre, fue enseguida
a abrazarme, él me conoce mejor que nadie y sabía que algo no iba bien.
Aprovecho para
felicitarlo por la magnífica prueba que realizó, es grande, me siento orgulloso
de él.
Sentado en una silla me
iba recuperando, me sentía arropado, mi
familia, amigos, mi gente estaba allí, ellos nunca fallan.
Gracias a todos por
esas palabras de afecto, esos ánimos antes de la prueba, pero sobre todo
después de ella, no había cumplido con las expectativas de mis paisanos, pero
aun así ellos, siguen creyendo en mí. Eso me da fuerzas para seguir adelante,
levantarme y seguir creyendo en mi.
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