Van pasando
los años, y llega un momento en la vida en el que pienso, qué hubiese sido de
mí si no te hubiese conocido..., qué hubiese pasado si siendo niño no me
hubiesen regalado esas zapatillas y empezase a dar grandes zancandas….,
qué sería yo… sin el atletismo.
La
sensación de libertad y no pensar en nada más que correr y que la brisa roce mi
cara es lo que hace que me olvide de todo lo que ocurre a mi alrededor,
cambio mis problemas por la camiseta y el pantalón corto.

Lesiones,
ojeras, sudores fríos, sentir como el cuerpo se desvanece, es el día a día… te
levantas con la ilusión de salir a entrenar para esa nueva competición que está
por llegar, entras a la pista, a veces estás sólo y te pones a luchar por una
nueva meta, encerrado en tu pequeño mundo, a eso es a lo que llamo “la
fortaleza de la soledad”.
Llega el
momento de ponerse tras la línea de salida, se me tensan los músculos, pero eso
no impide que salga con el propósito de darlo todo, por mi familia, por mis
amigos, pero sobre todo por mi… con desbordada emoción y lágrimas de sangre
alcanzo la meta, no siempre siendo el primero, pero siempre siendo yo…
amando el atletismo.


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